¿De qué cumplimos 200 años? por Carlos Machado

 ¡Vaya ocurrencia!
Y además me enteré por allí de que yo estaba en contra del Bicentenario, como si se pudiese estar en contra de que la semana tenga siete días o de que el sol asoma por el este. Claro que cumplimos los 200 años.
Estoy en contra, sí, de que metamos en la misma bolsa lo que no corresponde, De que un logo bonito nos haga digerir que el Uruguay resulta ser lo mismo que aquella provincia que no quiso y no quiso terminar divorciada, que formó “rancho aparte” porque la obligaron a prepo a terminar en esto. “Solemos honrar a Artigas por lo que no quiso”, como escribió Quijano ya hace rato (Marcha, 1939)
¿De qué cumplimos los 200 años? De 1811. De la revuelta contra “el energúmeno desenfrenado” que era Javier Elío, como bien lo llamó Santiago de Liniers. Y aquí corresponde “sacarse el sombrero” por el héroes de la resistencia contra los invasores ingleses después asesinado. Sin dejarle lugar a la defensa, fusilado a mansalva como si fuera nadie por la Junta de Mayo (esta fue mi opinión; no compromete a nadie).
Montevideo había respaldado a su gobernador desacatado, diciendo respaldar a la Corona. El 21 de setiembre, tres años atrás – y si nos olvidamos, la calle nos recuerda con la escueta mención de la fecha sin año, la inadecuada conmemoración (una premonición “uruguayista” buscando antecedentes para la secesión). Pero ¿qué se va a hacer?
Manda la tradición que repite y repite hasta que alguno dice: -Pero ¿cómo? ¿Esto habrá sido así?
Preguntemos volviendo al carril.
1811
Claro que despierta el entusiasmo ese grupo de gente retobada que se levantó en el Asencio con su grito y sus tiros para ocupar a Soriano y Mercedes e iniciar la revuelta impaciente que se subordinaba a la Junta porteña y también proclamaba, por entonces, su fidelidad a la Corona y al “bien amado” rey, un mequetrefe que había manoteado y perdido enseguida el trono de Madrid.
Claro que también hay que poner el pero de que los dos que iban a la cabeza de los retobados después se dieron vuelta Viera con sus pericias para bailar en zancos. Benavidez que desparramaba su soberbia anarquista, que definió impecable: “cuando no tengo una camisa me conchabo, y cuando la tengo me paseo”. También cambió de bando, con guitarra y cielitos, Hidalgo.
El oscuro episodio en Casablanca (ya es hora de aclarar que no ocurrió; lo escribí cuarenta años atrás, pero el mito se arraiga porfiado) y la fuga del capitán Artigas y otros nueve desde la Colonia para adherir a la Junta porteña de mayo –la montonera inaugural de Asencio teñida de impaciencia (“ya no es posible de ningún modo contener a la gente”, escribió Pedro Viera) hilvanan el relato.
Pronto serán dos mil los insurgentes contra el gobernador Javier Elío.
Antes que Artigas llegue a Buenos Aires se levanta Laguna en Belén, el paraguayo Ojeda por Tacuarembó, Delgado en Cerro Largo, el santiagueño Basualdo por el Lunarejo, Bustamante en Maldonado, los Lavalleja en Minas, Rivera en el Yi, Vázquez en San José y Manuel Artigas en Santa Lucía.
La rebelión expresa la rotunda protesta rural. Principalmente de aquellos ocupantes “descontentos por la contribución (¿contribución?, a prepo) que el gobierno acaba de imponer”, como dirá Posadas en seguida. Pero hay terratenientes, y por un rato largo, en filas artiguistas, que enfrentados al monopolismo le ofrecieron “sus personas y bienes”. Cuando el artiguismo, por su discrepancia con la dirigencia porteña se convierta después en partido, esos estancieros, por su condición de letrados, han de ser sus voceros, frenando largamente la proyección social del artiguismo.
Siguió la victoria en Las Piedras. Después el sitio de Montevideo. Se perfilaban, ya, peligrosos reveses. Y desinteligencias
El 9 de marzo, Belgrano y las tropas que mandó la Junta habían sido aplastadas en el Paraguay (Tacuarí). El 20 de junio, las tropas de la Junta que operaban en el Alto Perú son batidas en Huaqui, sobre el Desaguadero, desguarneciendo al norte.
El 15 de julio, la flota española atacó a Buenos Aires, bombardeada y bloqueada. El 23 de julio comenzó la invasión portuguesa convocada por el mismo Elío y marchaban 700 mil caballos y dos millones de vacas para Río Grande en unos pocos meses.
Siguieron las negociaciones de la Junta porteña con el invasor en el contexto casi descalabrado de la confrontación, y el levantamiento del sitio y el disgusto de Artigas que acató, sin embargo, lo que dispusieron y su nuevo destino – que tenía fundamentos objetivos pero que generaba disgusto y recelo.
Por eso la marcha multitudinaria tras el jefe de los orientales – designación de octubre, en la quinta de “la paraguaya” – que a la vez buscaba protección frente a los invasores y ratificaba, con ese plebiscito de confianza, la misma jefatura.
“Un ejército de ladrones, de homicidas y de delincuentes detestables”, escribió “La Gaceta de Montevideo”; “una comparsa de gauchos transformados en mariscales” – el pueblo, simplemente. Matrimonios, ancianos, mujeres (por ejemplo, cinco parientes suyas: Francisca, Narcisa, Juana, Modesta y Juliana Artigas, más dos cuñadas –identificadas–, Josefa Álvarez y Estefanía Mestre), mancebos, sacerdotes rebeldes, “los indios infieles” y 500 esclavos (era el 12% de la marcha), inconsultos, por cierto.
Una marcha penosa y colorida. Se suceden partos, bautismos, casamientos, entierros y abandonos de los que quedan al margen del camino por no poder seguir, fusilamientos por algún delito y escaramuzas con los portugueses. Calcula Campal que en fila india debieron cubrir una cinta de 50 kilómetros y acampar en un área de diez mil hectáreas. Faenaban, por día, más o menos 100 reses. Así, hasta el Ayuí.
Aquí rebobinemos.
Me parece bien que se festeje la ruptura del orden colonial, porque se quebrantaba un sistema que se caracterizaba por el largo despojo, acompañado, siempre, por la duplicada discriminación contra los nacidos en el continente, muchas veces mestizos. Sin por eso legitimar las lecturas mitificadoras que quieran encontrar lo que no fue.
En la Junta de Mayo, a la que adhiere Artigas todavía, no encontramos indicios independentistas. Y sí fidelidad “a nuestro amado rey”. No hay entonces gérmenes republicanos y se multiplican gestiones casi desesperadas para coronar virtualmente a cualquiera que tenga parentescos aristocratizantes cuando se produzca la desilusión con Fernando, retornado para reprimir.
Hay indicios en cambio para distinguir las voces que resisten, en el interior, al proyecto centralista, unitario, porteño, portuario, perfilando, desde la resistencia, un modelo que será nacional solamente con la formulación federal que asomaba desde el reclamo de la Junta Grande y a la que Artigas dio más precisión desde las Instrucciones.
Propuesta federal que dividió las aguas durante medio siglo y que los comandantes que protagonizaron las dos grandes hazañas victoriosas de la revolución, condenaron de modo lapidario.
San Martín escribió en el año 16 a Tomás Godoy Cruz: “Me muero cada vez que oigo hablar de federación. ¿No sería lo más conveniente trasladar la capital a otro punto, cortando por este medio las justas quejas de las provincias? Pero ¡federación! (…) Si con todas las provincias y sus recursos somos débiles, ¿qué no sucedería aislada cada una de ellas? (…) Todo se volverá una leonera, cuyo tercero en discordia será el enemigo”.
Y Bolívar, más duro, escribiéndole a O’Leary en 1828: “Todavía tengo menos inclinación a tratar del gobierno federal: semejante forma de gobierno es una anarquía regularizada. Yo pienso que mejor sería para la América adoptar el Corán que el gobierno de los Estados Unidos”.
Opiniones discordes con el artiguismo en un debate abierto que hay que profundizar. Mientras las divisiones y discordias siguen en larga vida como lo dijo Adoum y ya lo repetí en otra ocasión:
“Cada uno de nuestros países, como empujados a una horrorosa equivocación colectiva, limita por alguno de sus puntos cardinales con la cólera que nos tenemos los unos a los otros”.
Volvamos al año 1811 cuyo bicentenario recordamos. Para darle un contexto a aquellos episodios.
Menos de mil millones de habitantes en toda la Tierra. Apenas unos 30 millones (sólo el 3%) bajo el capitalismo. Londres arañaba el millón de habitantes y París alcanzaba a 700 mil. Más de 30 millones de habitantes en la Rusia del zar Alejandro I, que bajaban de Alaska a poblar costas de Canadá y California, mientras las tropas rusas, en Belgrado, desalojaban al ejército turco.
Casi 30 millones en Francia donde el emperador Napoleón nombraba “rey de Roma” al heredero, y Cuvier inauguraba los estudios de paleontología.
Sólo 15 millones en la Gran Bretaña que gobernaba Perceval mientras Jorge III, declarado loco, le dejaba el trono, pero como regente, al nuevo Jorge IV. Un tal Ludd predicaba la destrucción de aquellas maquinarias novedosas que también producían más desocupados. Inglaterra ya tenía 25 mil fabricantes y apostaba a la revolución industrial. Mientras tanto, las tropas de Su Majestad ocupaban a Madagascar y a las Islas Seychelles, en las aguas del Índico africano, empujaban a los pueblos ashantis más atrás de las costas del Golfo de Guinea y capturaban y desalojaban a unos 20 mil shosas (son los antepasados de Mandela) de los bordes del África del Sur.
Pero como era poco, ocupaban Malaca en la península malaya de las costas asiáticas del Índico y más lejos a Java en el rosario de islas indonesias. Wellington, en España, obtenía las primeras victorias inglesas contra los invasores franceses. Corrigiendo una vieja edición anterior, Jane Austen, relataba las tribulaciones de las capas medias y de las mujeres en particular, llamando “Sensatez y sentimientos” a una novela inglesa que anticipa su espléndido “Orgullo y prejuicio” apenas posterior.
España, con sólo 10 millones, que José Bonaparte no podía sujetar, era el escenario, como Portugal, de la guerra mundial que libraban Inglaterra y Francia. La resistencia de “el empecinado”, “el zapatero”, “el bolsero” y otros cabecillas de la porfiada guerra de guerrillas contra el ocupante francés, alentaba la pronta intervención inglesa y aceleraba la fragmentación del poder colonial que escapaba de la tutela metropolitana y anticipaba las independencias que iban madurando. Sólo meses más tarde la constitución que aprobarán en Cádiz proclamaba (1812) “que la Nación es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”. Ya se encargarían los ingleses, nobles, industriales y banqueros prestamistas, asociados, de hacer que esa propuesta fuera “papel mojado”.
El alemán Alexander von Humboldt (alemán por la lengua de origen y la geografía porque no hay Alemania todavía, y Bonaparte es dictador de Europa). De regreso de un viaje americano, publicaba en París el “Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España”, mientras un industrial, Alfred Krupp inauguraba en Essen, la fundición de acero que será el instrumento del renacimiento del poder prusiano sobre unos 25 millones de habitantes.
Francisco II gobernaba en Viena, un imperio multinacional que también Bonaparte arrasaba y luego, lentamente, se desmoronaría ante los empujones prusianos contra los Habsburgos.
Víctor Manuel II era rey de Cerdeña y mal podía soñar con la unidad italiana, posterior.
En Noruega, sueca todavía, Oslo, entonces Cristianía, inauguraba su universidad.
Muhamad Alí, de origen albanés, desalojaba del poder egipcio a los mamelucos impuestos por los turcos, Y emprendía la batalla contra los wahabitas fundamentalistas (sí, 1811) a los que expulsaría de Medina y La Meca unos meses después.
Declinaba la Turquía de Mahmud II –más o menos 50 millones-, desafiada por servios y griegos.
El Irán de los persas le cedía territorios caucásicos a Rusia y se subordinaba a subsidios ingleses que el sha Fath Alí negociaba.
El Afganistán parecía disolverse entre los diferentes “señores de la guerra” alentados por las apetencias de ingleses y de rusos.
Unos 230 millones de habitantes en China (porque el arroz permite alimentar a más) mientras la dinastía Manchú, que llamamos los Ch’ing, de origen extranjero, gobernaba haciendo concesiones a otros extranjeros.
Cien millones en el espacio hindú, colonizados directa o indirectamente por el poder inglés mediante la violencia y el soborno.
Unos veinte millones en Japón enclaustrado por el régimen del shogunato, que enfrenta en las Islas Kuriles, las primeras embestidas rusas .
Unos quince en la Indochina dividida.
Los Estados Unidos, con unos siete millones de habitantes (sólo 7% de población urbana), gobernados por Madison, en su primer mandato, se extendía hacia adentro, a costa de los shawnees, derrotados en Tippecanoe, por William Harrison, que no va a parar hasta la Casa Blanca, venciendo a Tecumseh- se adueñaban de la Florida occidental, quitándosela a España, mal parada. Y ya hay una colonia norteamericana en Cabo Desengaño, en costas del Pacífico en disputa con ingleses y rusos.
Pero pisaban fuerte también fuera.
Amenazaban al gobierno de Londres aprestándose para la guerra que estalló en el 12 por riñas comerciales. Se aprestaban a la guerra con Argelia, nominalmente turca, e iban a bombardear los puertos argelinos (1812) como ya lo habían hecho con los puertos de Libia pocos años atrás (1801), cuando asaltaron Trípoli para replicar por ataques de piratas que tenían protección en el poder local. ¿Quién nos protegería, después, de esos americanos?
El Brasil portugués, con don Juan de Braganza, regente de la reina María, su madre demente, refugiado en Río escapando de los invasores franceses, tiene cuatro millones. Con sus protectores ingleses, seguro, inauguraba la Real Biblioteca y el Jardín Botánico de Río. Y don Juan (luego será Juan VI), que mandaba sus tropas para aplastar a Artigas en el 11 y volverá a mandarlas en el 16, confesaba con abierta impudicia a lord Strangford, el embajador inglés en Río, que “la experiencia le había enseñado que compartir enteramente el punto de vista de Gran Bretaña era no sólo la más segura, sino la más honorable política que podía seguir”.
Hispanoamérica tenía en 1811 unos 16 millones de habitantes. 46%, se calcula, eran indígenas y 26% eran mestizos, con un 20% de blancos y un 5% de negros.
México sumaba unos 7 millones. Miguel Hidalgo, el cura que inició en Dolores la revuelta, es derrotado y luego fusilado tras levantar banderas radicales: el reparto de tierras y la liberación de los esclavos, Otro cura, Morelos, prosiguió la revuelta, después aplastada y también lo mataron. Un sacerdote, José María Delgado iniciaba las revueltas centroamericanas desde El Salvador. En Nicaragua y Guatemala se levantaban indios insurgentes.
Colombia, que fue el Virreinato de la Nueva Granada, se arrimaba a la cifra de los dos millones. En Cartagena los hermanos Gutiérrez y Pedro Romero, un herrero mulato cubano, derribaban a la Junta aristocrática criolla presidida por García de Toledo y el arzobispo fray Custodio Díaz, refugiado en La Habana, denunciaba que “estaban mezclados los blancos con los pardos para alucinar con la igualdad”. ? En Bogotá, se aprobaba la Constitución federal para Cundinamarca que Nariño no quiso federal imponiéndole su dictadura y en Leiva los confederados se agrupaban tras Camilo Torres, iniciando la guerra civil.
Venezuela se proclamaba independiente (la primera en América del Sur), aboliendo algunos privilegios y prohibiendo la trata y no la esclavitud, bajo la inspiración de Miranda, que escribió temeroso: “Dios no quiera que estos bellos países se conviertan en un Santo Domingo, un teatro de sangre y crímenes (…) tanto como deseo la liberad y la independencia más temo a la anarquía y al sistema revolucionario”. El fantasma se llamaba Haití, que había recuperado su nombre original.
La revolución de los mulatos y la posterior de los negros que lideró Toussaint, y la proclama de la primer independencia de América Latina, el 1º de enero del 4, por el general Dessalines, había espantado a muchos.
Como sintetizó Aimé Césaire: “De este hacinamiento de rencores y de energías saldrá no un motín sino una revolución: la fallida y sanguinaria represión francesa dejó un saldo atroz. Las sanciones fueron implacables, Divisiones y sueños imperiales amargaron los frutos de aquella victoria inicial enfrentando en el 7 a Pétion y a Christophe coronado en parte de la isla como Enrique I. Será con el apoyo de Pétion (más de mil hombres, fusiles, bayonetas, pólvora, plomo, imprenta, alimentos, dinero), y a condición de liberar a los esclavos, que Bolívar pudo retornar después de las derrotas iniciales e iniciar su epopeya de libertador. Pero Haití, unificado no va ser invitado a Panamá para el Congreso Panamericano que convocó Bolívar, olvidando que había proclamado que “Pétion era el autor de nuestra libertad” ?y habrá un canciller colombiano que escribirá después que “Colombia sentía repugnancia de mantener con Haití relaciones de cortesía que se observan con las naciones civilizadas”. Historia y desmemoria.
Un millón, o algo menos, para Chile, donde el poder deriva hacia los radicalizados hermanos Carrera, dirigidos por José Miguel.
Casi un millón también en el Perú, que es el centro de los privilegios (de pocos) y de la resistencia pero se repiten los levantamientos indígenas en varios lados.
Casi dos millones en lo que había sido hasta el año anterior el nuevo Virreinato del Río de la Plata, ya en disgregación.
Díaz Vélez es vencido en Sipe Sipe y Castelli en el Desguadero, pero Pueyrredón (de triste trayectoria posterior) se lleva, desde Potosí, 400 mulas y 800 mil pesos fuertes y en Cochabamba las mujeres resisten en el Cerro de La Coronilla a las tropas que bajan del Perú. Las provincias “de arriba” como se llamaba entonces al Alto Perú que será boliviano, iniciaban esa guerra larga que recién terminó en Ayacucho con el triunfo de Sucre y los bolivarianos.
Lo de Buenos Aires y Artigas lo vimos y deja reflexiones, algunas amargas, quizás inadecuadas en un día de fiesta pero igualmente ciertas.

Antes de terminar quiero desparramar unos cuantos saludos, aprovechando esta oportunidad. A la gente de “Banda Oriental” (una banda, como me dijo Fanny alguna vez, temerosa de que fueran a raptar a Borges, que había cruzado enfrente y lo estaban buscando pero para editarlo), “Banda Oriental” que en torno de Raviolo protagonizó una verdadera hazaña publicando un título cada semana o menos, en los años oscuros.
A la gente de la “Cinemateca” que mantuvo en los hombros de Martínez Carril el peso de otra hazaña infatigable.
A la gente de “Brecha” , consecuente con la definición que venía desde atrás (desde Ovidio): vivir no es necesario (en clave pasatista); navegar es necesario, zambullendo con independencia porfiada sin quedar atrapada en aquel preconcepto de lavar todos los trapos adentro (pero siempre después falta tiempo para la limpieza), hurgando, investigando, denunciando, con buena fe probada.
A la gente de “La Diaria”, a los que no conozco pero me han convertido en un “fan”, por rejuvenecer la prensa de la izquierda sin temor al disenso, renovando el lenguaje timorato con audacia y con autoridad.
A la gente que fue generosa ilimitadamente con la Fundación como Eduardo Galeano, que nos enorgullece como compañero.
Al trabajo sin par de Raquel.
A los que me acompañan cada quince días, hace dieciséis años, en el intercambio tan gratificante de cursos y más cursos.
A José, basta decir José, convertido por tantas razones, en sinónimo de la Fundación Vivian Trías, que puede ser, por él.
Esto ha sido un milagro, de receta fácil. Convicción. En el sendero de la Patria Grande y el proyecto de liberación nacional y social. Persistencia porfiada. Porque sin esfuerzo no hay recolección. Buena fe, comprobada, en el tiempo ? y una red de solidaridades que es lo que vemos hoy, ratificada.
A todos, muchas gracias. Y perdón por la larga paliza que no pude abreviar.

 

Presentación del Prof. Carlos Machado en la Cena Aniversario de la Fundación Vivian Trías. Complejo Riviera, 18 de noviembre de 2011